jueves, 31 de mayo de 2007

Momentos de tropiezo

Hoy día quiero compartir un poco de melancolía, desamor y tristeza con el mundo. Quizás parezca bastante depresiva esta actitud, pero al carajo, hoy es un día en el que quiero hacer eso.
Además quiero desatorar de mi garganta el poema que voy a poner a continuación, y que va a una persona que no espero que lo lea, pero que como me gustaría que lo hiciera, para que sepa como me sentí en algún momento (ando en la volá de las descargas :p):


Celeste Hija de la Tierra

No es lo mismo estar solo que estar solo
en una habitación de la que acabas de salir
como el tiempo: pausada, fugaz, continuamente
en busca de mi ausencia, porque entonces
empiezo a comprender que soy un muerto
y es la palabra, espejo del silencio
y la noche, el fruto del día, su adorable secreto revelado por fin.

Tendría que empezar a ser de nuevo
para aceptar el mundo como si no fuese
solamente lo único que conservo de ti,
tendría que olvidarme
como se olvida lo más negro de un sueño,
soplar en mi conciencia hasta apagar mi imagen,
cerrar los ojos frente a los espejos,
deshacerme y hacerme, soñar siempre con otro,
morirme de mí mismo
para no recordarte a cada instante
como el ciego recuerda la luz y el condenado a muerte
la vida, toda ella, en un abrir y cerrar de ojos,
porque estás más adentro de mí que yo mismo
o existo porque existes
o yo no sé quién soy desde que sé quien eres.

No es lo mismo estar solo que estar sin ti, conmigo
con lo que permanece de mí si tú me dejas:
alguien, no, quizás algo: el aspecto de un hombre, su retrato
que el viento de otro mundo dispersa en el espacio
lleno de tu fantasma desgarrador y dulce.

Monstruo mío, amor mío,
dondequiera que estés, con quienquiera que yazgas
abre por un instante los ojos en mi nombre
e, iluminada por tu despertar,
dime, como si yo fuese la noche,
qué debo hacer para volver a odiarte,
para no amar el odio que te tengo.

Es inútil
buscar a tu enemigo en el infierno
suyo y de esta ciudad, allí donde la música agoniza
larga, ruidosamente en el silencio
y beber en su vaso para verte
con su mirada azul, roja de odio,
el vino que refleja su secreta agonía,
la que en su corazón en ruinas danza
a la luz de la luna tan desnuda como ella
con la misma afrentosa lascivia de la luna
que no se muestra al sol, pero acepta su fuego,
esa virgen tatuada
por los siete pecados capitales
no eres tú o eres otra;
alguien, quizá yo mismo, entonces toca
mi frente y me despierto como el fuego en la noche,
en toda mi pureza,
con tu nombre verídico en los labios.

Enrique Lihn.

jueves, 17 de mayo de 2007

Hipocresías

Bueno, me pongo las pilas y ahora si que pongo algo mío, a petición del público, jajaja.
Esto nació hace un largo tiempo atrás, de hecho fue algo que hice en honor a Julio Cortázar, en esos días en que comenzaba a degustar su letra. (Cuánto tiempo ha pasado desde entonces, me parece que son dos amores, una guitarra y un dolor)
Eso, sin más preámbulos...


Manual Ver. 1.9

Con frecuencia es posible observar, sobre todo si se está cruzando por los 20 años, que bajo el siempre oportuno interrogatorio de los padres o la pareja, que prorrumpiendo con un sutil (pero siempre punzante) ¿por qué llegaste tan tarde de "estudiar con tus compañeros"?, o tal vez el infaltable ¿donde andabas? me tuviste en vela toda la noche (simular voz enardecida), es que se comienzan a evocar las pasadas horas de juerga - manteniendo en algunos casos la temida amnesia post-carretum o apagón de tele -, y surge a su vez, desde el fondo del estómago (por que de la cabeza ni hablar), una respuesta vacilante que no deja del todo conforme al oyente, que dicho sea de paso, empieza a tratarnos de tal por cual, y que esto no puede seguir así, pensé que me querías, mentirme tan descaradamente, yo que te dí la vida y ahora te pago los estudios, etc., etc.
Para evitar que esto ocurra es que usted debe, al recibir el uppercut de la pregunta, tratar de poner su mente en blanco, para así evitar el consiguiente nerviosismo y esa usual sudoración de pecho, que más de un estrago suele causar. Una vez logrado esto, el siguiente paso consiste en poner cara de circunstancia (se recomienda para este efecto el relajar frente y cejas, junto con suprimir cualquier asomo de risa), que hará un poco más llevadera la situación frente al posible asesino en serie que tiene delante de usted.
Entonces se procede, y este el momento de mayor dificultad, a utilizar la imaginería de cada uno e inventar alguna excusa que se acomode a la situación (llámese tollo en lenguaje coloquial); WARNING: esta debe ser arrojada mediante un tono calmado de voz, de lo contrario se entra en una grave crisis de credibilidad, lo que podría entorpecer lo que hasta ahora a logrado. A modo de refuerzo, también mantenga los ojos fijos en los de su inquisidor, ya que esto sirve como un plus a la acción realizada.
Si siguió los pasos correctamente, la frecuencia de enojo de la persona debió haber descendido, a lo menos, de ira generalizada a magro refunfuño, con lo cual la operación puede ser calificada como exitosa. Para finalizar, se le aconseja ir a mojarse la cara al baño y observarse al espejo; sonría y enorgullézcase, usted es un digno representante de la raza humana.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Viento...

Este texto me lo hizo leer un amigo al cual le estoy muy agradecido, puesto que realmente es algo que te deja con una sensación de sorpresa, perplejidad y encantamiento.
Los dejo con el texto, lo demás que escriba creo que estará de sobra:
Merlín desapareció del mundo de Arturo durante muchos años; sin embargo, un buen día reapareció y salió del bosque en dirección a Camelot. Dichoso de ver a su maestro, el rey Arturo ordenó un gran banquete en su honor, pero Merlín se mostró perplejo y miró a su antiguo pupilo como si nunca lo hubiera visto.
“Tal vez podría asistir, si eres la persona que creo que eres”, dijo Merlín. “Pero, dime la verdad, ¿quién eres?”. Arturo quedó desconcertado, pero antes de que pudiera protestar, Merlín se dirigió a la corte reunida y dijo en voz alta: “Le doy esta bolsa de polvo de oro al que pueda decirme quién es esta persona”. E inmediatamente apareció en su mano una bolsa repleta de oro en polvo. Aturdidos y mortificados, ninguno de los caballeros de la Mesa Redonda se adelantó. Entonces un joven paje se aventuró a decir: “Todos sabemos que él es el rey”. Merlín sacudió la cabeza y expulsó bruscamente al joven de la sala.
“¿Ninguno de ustedes sabe quién es él?”, repitió.
“Es Arturo”, gritó otra voz. “Hasta un idiota sabe eso”. Merlín identificó el sitio de donde venía la voz — del rincón donde estaba una anciana sirvienta — y también le ordenó que abandonara el recinto. Toda la corte zumbaba de confusión, pero el reto del mago no tardó en convertirse en juego.
Comenzaron a oírse varias respuestas: el hijo de Uther Pendragon, el gobernante de Camelot, el soberano de Inglaterra. Merlín no aceptó ninguna de ellas, como tampoco algunas más ingeniosas como hijo de Adán, flor de Albión, un hombre entre los hombres, y así sucesivamente. Finalmente le llegó el turno a la reina Guinevere. “Es mi amado esposo”, murmuró. Merlín solamente sacudió la cabeza. Uno por uno, todos abandonaron el gran salón hasta que quedaron solos el mago y el rey “Merlín, nos has puesto a todos en una situación embarazosa’, admitió Arturo. “Pero estoy seguro de saber quién soy, por lo tanto, mi respuesta es ésta: Soy tu viejo amigo y discípulo”. Tras vacilar unos segundos, Merlín desechó también esta última respuesta, y al rey no le quedó otra alternativa que salir. Sin embargo, movido por la curiosidad, se dirigió hacia una puerta abierta desde donde podía ver el gran salón. Para su asombro, vio cómo Merlín iba hacia una ventana y lanzaba el oro al aire.
“¿Por qué hiciste eso?”, gritó sin poder reprimirse.
Merlín alzó la vista. “Tuve que hacerlo”, replicó. “El viento me dijo quién eres”.
“¿El viento? Pero si no dijo nada”.
“Precisamente”.

Al Dolor de Mi Gente